De 'Vida y destino'

Un soldado del Ejército Rojo se reúne con su familia (Arkady Shaikhet, 1943).


Hay novelas que contienen un mundo. Mucho más allá de ese realismo minucioso que toma un tiempo, lo diseca y lo ofrece con gesto bobalicón, orgulloso de su tanatotrabajo. Mucho más allá también del poetismo cursi, en constante pose, que afiligrana una época creyendo penetrar su tuétano y lo que hace en realidad es bordear su cáscara manida. Hay novelas que contienen un mundo, y Vida y destino es una de ellas. Un comisario ideológico del Partido Comunista de la Unión Soviética dijo, mientras sus esbirros despedazaban la intimidad de su autor, que ‘ese libro no se publicará en doscientos o trescientos años’. La típica arrogancia totalitaria sobre los hombres y los tiempos. El libro vio la luz antes de que pasasen tres siglos: en 1980, gracias al trabajo de una red de disidentes soviéticos que fotografió y reescribió sus páginas. Su autor, Vasili Grossman, había muerto en 1964.

Suele decirse que Vida y destino es una historia sobre la batalla de Stalingrado (la batalla más sangrienta de la historia de la humanidad) vista desde el lado ruso. Yo digo que ninguna de las tres afirmaciones contenidas en esa frase es cierta. Vida y destino no es una historia, sino cientos engarzadas, un tejido de vidas abismadas y aún vidas; Vida y destino no es una novela sobre la batalla de Stalingrado aunque la narre con pulso perfecto, sino un tratado sobre la entraña del siglo veinte, sobre esa pulsión totalitaria que puso a los hombres frente a frente con su infierno y que sigue latiendo a la vuelta de la esquina; Vida y destino tampoco es una narración desde el lado ruso o desde el lado alemán porque en Vida y destino no hay lados, no hay bandos, no hay trincheras ni justificación de las mismas. Hay sólo hombres y mujeres, individuos en rebeldía; la incansable lucha humana por la libertad.

Grossman desmiente la parálisis estupefacta de Adorno (“No podemos escribir un poema después de Auschwitz”) y crea una obra perfecta, no sólo por la viveza con la que capta el horror de su tiempo (viveza es sentir el frío carcomiendo la carne de los soldados; el hambre la cordura de los presos; el miedo la cotidianeidad de los ciudadanos), sino por la sutilidad, la lucidez esperanzada con que refleja la belleza o su posibilidad: hay hombres que comparten el pan podrido, hay enamoramientos, hay conversaciones sinceras, hay calor debajo de una manta. Hay vida, a pesar de la muerte; y a pesar de la muerte, hay libertad. Porque hay libertad mientras hay vida, por más exámenes que se le hagan, por más penas que se le receten, por más quebrantos que se le impongan. La vida y la libertad son inseparables, y creer que no lo son abre las puertas a la victoria franca de la muerte.

La victoria del individuo es irrebatible, porque el individuo vence mientras es. Ésta es la idea que le da a Vida y destino su hondura magnífica, la que carga de sabiduría el estilo descarnado de Grossman y le permite viajar de lo universal a lo mínimo sin que fricción alguna le reste potencia. La guerra descrita en las sensaciones de un soldado y denunciada en el llanto de una madre. La naturaleza criminal del comunismo en el miedo a la palabra del vecino. El totalitarismo en las cuitas de un científico ante un formulario. Anunciada la supervivencia del perdón en la reacción histérica de una vieja. La del amor en una despedida o un beso bajo las bombas. La del futuro en un campo verde, una brisa, en una cesta de pan y dos manos abrazadas. Vida y destino contiene un mundo, el nuestro, porque surge de la más negra de las oscuridades, pero aspira a la más cegadora de las luces. 

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